4 de agosto de 2010

Sherlockholmeando

- Aquí hay un papel arrugado en el suelo.

- Fíjate bien, amigo, ¿qué podemos deducir de él?

- Por el achatado de uno de sus dobleces podemos decir que se tiró con fuerza al suelo, así que el destinatario no debía de estar muy contento con lo que ponía en él. Por la forma de la despedida se puede deducir que es una carta de amor, y si era rechazada con tanta ira podría ser porque se tratara de una amante que quisiera ocultar y a quien le guardaba ciertos sentimientos especiales. Por la forma de la letra podemos decir que se trataba de una chica y por la extensión, que tenía bastante relación con el destinatario.

- Bueno, bueno… Aceptables deducciones, amigo. Sin embargo, has errado en algunas suposiciones y te has dejado en el tintero otros detalles bastante importantes. Es cierto que se tiró con fuerza, pero, ¿cómo has podido obviar el acabado del margen? Está claro que debió de ser arrancada de alguna especie de cuaderno y, de hecho, me aventuraría a decir de qué tipo.

- ¿Cuál?

- Un diario, por supuesto. El empiece y el final de la hoja parecen estar escritos en forma de carta, sin embargo, en el recuadro superior de la fecha aparece: día, mes, semana. La semana no se indica en las cartas. Por lo cual deducimos que quien tiró el escrito no era el destinatario sino el autor, quien se avergonzaba de su propia carta. Probablemente era demasiado cariñosa, estaba insegura por lo que pudiera sonar, por ser demasiado cursi o por escribir palabras muy acarameladas para el momento.

- Pero si era un diario, ¿no lo leería solamente ella?

- Muchas veces en los diarios se escriben datos y apuntes para el futuro: cosas que se quieren hacer, que se quieren renovar, reformar, que se buscan o que se desean. En este caso, nuestra amiga quería escribir lo que de verdad sentía en la carta y que quería enviar a su destinatario real. Pero hasta a ella misma le pareció demasiado. Quizás tenía miedo de ser rechazada, pero descartaría la idea vista la extensión del documento. Me inclino más por pensar que prefería no agobiar a su pareja.

- Así que, en definitiva, si hubiéramos leído la carta habríamos despejado las dudas sin ningún problema.

- Efectivo, pero elemental. Saber que todos los caminos, largos o cortos, llevarán a la verdad es bastante satisfactorio.

- ¿Así que una chica que no quiere demostrar absolutamente todos los sentimientos por si… por si?

- Por si. Y por si no. Por si ofende y por si no es exactamente lo que quiere expresar, por si halaga mucho o por si endulza de más, por si no es lo que debe ser o por si se lo quiere quedar dentro. Esas suposiciones no son importantes, amigo.

6 de junio de 2010

La mécanique du coeur


Queda media hora para terminar la jornada laboral, pero hoy te rodea un halo de optimismo veraniego y el jefe te deja cerrar antes de lo habitual. Ya que no has trabajado esos treinta minutillos, te da la sensación de que no son completamente tuyos, así que te diriges a alguna tiendecita de por ahí cerca a ver qué encuentras para alguna persona especial.

Buscas, miras, remiras, tanteas y ahí está. No es la Scarlett Johanson de los regalos, ni la Shakira o quienquiera que altere tus respuestas del polígrafo, porque alguna hay con la que no puedes decir eso de: «pues no me parece tan guapa». Pero no, el regalo no es universal ni general, sólo te llama la atención a ti en particular y por eso, pues bueno, te acercas. Tiene un mecanismo bastante sencillo, lleno de engranajes, agujas y un relojito que funcionan a la perfección. En las instrucciones de lo que parece un reloj de cuco se advierte de que introducir la aguja en el lugar propio puede poner en peligro la estabilidad de la mécanique. Sin embargo, para poder sacarlo de la estantería es obligado utilizar dicha agujita.

Al lado se encuentra su envoltorio. El papel de regalo está hecho a medida, en armonía y con una cajita en forma de… nada, en forma lo que pueda dejar ver el objeto en sí, con un pequeño orificio que te deja escuchar el sonido hipnótico del tic, tac que tanto dista de las agujas que no te dejan dormir por las noches.

Lo coges, lo miras, tocas un poquito el mecanismo a ver si funciona de verdad y escuchas el ruidito causado por meter la aguja adecuada. Te lo llevas, empiezas a pensar si le va a gustar, si es un buen regalo, si va a durar o el reloj se estropeará pronto y llegas al mostrador. La dependienta te pide la tarjeta, se la vas a dar y en ese preciso instante le pone una pegatina que dice: espero que te guste. Vaya, qué decepción. Querías un, no sé, un: con cariño, ojalá te encante, con todo mi corazón, o cualquier pegatina dorada que se acercara a lo que tenías en mente. Piensas, reflexionas… Ay, está bien, pero… No me gusta esa pegatina. Escuchas el tic, tac y te asustas, te retractas, te retraes, retrocedes, te retiras.

Au revoir, pequeño relojito.