3 de febrero de 2010

Yo²

Desde que era pequeñita me han encantado los yoyos, manejarlos con la mano mientras seguía haciendo otras cosillas y conseguir trucos nuevos que daban mayor manejo al juego. La vida puede ser como un yoyo. Vale, la vida puede ser como cualquier cosa que se te ocurra y quieras ponerle un parecido, pero yo lo haré con un yoyo porque me apetece.

En un momento estás en un columpio, de repente te das la vuelta, estás abajo, subes, bajas, subes… A veces hasta parece un ascensor. Un día vas a la Torre Eiffel y otro crees estar yendo a la Luna, y vuelta al efecto yoyo no bikinesco: arriba-abajo, up&down. Te das cuenta de que puedes dar la vuelta al mundo, que las bombas atómicas existen pero que no son más que un truco pasajero. En realidad todo son trucos. De repente vas en bici, de repente ves nuevas banderas. Y siempre que terminas una nueva figura, un nuevo reto, vuelves al cíclico up&down. Hay algo que se nos escapa. Resulta que el punto inicial, donde empieza todo este juego yoyístico no se encuentra abajo. Se encuentra arriba, en tu mano, así que en cierto modo somos los que decidimos jugar, hacer trucos, enreversarlo y dejarlo dormido abajo hasta que se descargue la cuerda y no tenga más remedio que subir; o eso, o el yoyo se va al carajo y se acaba el juego.

1 cuchicheos:

Imil dijo...

Aunque está claro que si no juegas no podrás subirlo a la Luna :)

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